La Revolución Ciudadana impulsa un juicio político contra la exministra Inés Manzano por presuntas irregularidades en los proyectos eléctricos Salitral y Quevedo. El proceso pasa a la Comisión de Fiscalización.
El Consejo de Administración Legislativa (CAL) calificó la noche de este lunes 1 de junio de 2026 el pedido de juicio político en contra de la exministra de Ambiente y Energía, Inés Manzano. Con esta decisión, el proceso fue remitido a la Comisión de Fiscalización de la Asamblea Nacional, liderada por el oficialista Ferdinan Álvarez, para dar inicio formal al trámite.
La solicitud fue impulsada por los asambleístas Blasco Luna y Lenin Barreto, pertenecientes a la bancada de Revolución Ciudadana (RC), y presentada originalmente el 27 de mayo de 2026. Los legisladores fundamentan su acusación en una presunta responsabilidad política y un supuesto incumplimiento de funciones por parte de la exfuncionaria.
El núcleo de la acusación se centra en las irregularidades detectadas en la contratación de los proyectos de generación eléctrica Salitral y Quevedo, adjudicados a la empresa estadounidense Progen por un valor de USD 149,1 millones.
El expediente, compuesto por 54 páginas y que sustenta la petición de enjuiciamiento contra Manzano, reconstruye los hechos a partir de la declaratoria de emergencia del sector eléctrico nacional emitida el 16 de abril de 2024 por el entonces ministro encargado de Energía, Roberto Luque.
Mediante ese acuerdo ministerial se dispuso a la Corporación Eléctrica del Ecuador (Celec EP) ejecutar las acciones necesarias para la adquisición, instalación y puesta en marcha de infraestructura destinada a incorporar generación eléctrica emergente al Sistema Nacional Interconectado y a las redes de distribución del país.
Ahora, tras la calificación del CAL, el siguiente paso consiste en la notificación oficial a la Comisión de Fiscalización. Esta mesa legislativa contará con un plazo de cinco días a partir de la notificación para conocer el expediente y resolver el procedimiento a seguir en este proceso de control político.
¿Qué dijeron los proponentes del juicio?
Según las declaraciones de los asambleístas realizadas el 27 de mayo de 2026, el proceso se sustenta en un perjuicio directo al Estado estimado en más de USD 100 millones. Blasco Luna calificó los contratos como “pura chatarra” que no han servido para mitigar la crisis energética.
Además, señaló a Manzano como el “hilo conductor” de esta trama de corrupción, acusándola de autorizar pagos adicionales en junio de 2025 a pesar de haber manifestado previamente dudas sobre la ubicación de los equipos adquiridos. El asambleísta Luna también reveló que cuentan con un informe de la Contraloría General del Estado que indica indicios de responsabilidad penal en este caso.
La bancada de la RC vincula directamente estas irregularidades con la severa crisis eléctrica que atravesó el país, con apagones de hasta 14 horas diarias en 2024. Los legisladores estiman que el lucro cesante y las pérdidas para el sector productivo y la ciudadanía oscilan entre los USD 3,500 y USD 7,500 millones.
La historia narra cómo Manuel Genaro Peñafiel, un agricultor de Mera que dedicó más de 70 años a recolectar y conservar serpientes, y Alex Bentley, un joven científico estadounidense apasionado por la herpetología, unieron esfuerzos para estudiar una colección única en la Amazonía ecuatoriana.
Hace diez años, Alex Bentley, un joven investigador estadounidense, llegó al pequeño poblado ecuatoriano de Mera con un objetivo específico: estudiar una escurridiza especie de serpiente conocida localmente como la “X”. Durante su estancia, un guardaparques de la zona le habló de un anciano que poseía una colección extraordinaria de serpientes, algo inusual incluso para una región acostumbrada a convivir con estos reptiles.
Intrigado, Bentley se dirigió a la propiedad del hombre. Al llegar encontró una pequeña choza junto a una vivienda blanca. Un letrero anunciaba el precio de ingreso: USD 1 para adultos y USD 0,50 para niños. El lugar estaba rodeado de anturios y abundante vegetación tropical de hojas siempre verdes. Tras pagar la entrada, ingresó a una construcción sencilla, cubierta por un techo de zinc y con paredes de celosía blanca.
En el interior se encontró con una escena inesperada. Decenas de serpientes preservadas descansaban dentro de botellas plásticas y frascos de vidrio acomodados sobre estanterías de madera. Los ejemplares, muchos de ellos raros y poco estudiados, permanecían sumergidos en licor de caña, un líquido que se había tornado opaco después de décadas de almacenamiento. Así lo describe un reporte del The New York Times.
Años más tarde, Bentley recordaría aquella colección como un auténtico tesoro oculto, una riqueza científica que había permanecido ignorada durante generaciones. Los recipientes contenían desde enormes serpientes hasta especies que ni siquiera él podía identificar en ese momento. La colección abarcaba cerca de setenta años de historia natural.
Sin embargo, lo que más llamó su atención no fueron únicamente los especímenes, sino el hombre que los había reunido. Se trataba de Manuel Genaro Peñafiel, un agricultor de complexión delgada y bigote característico que habitaba la casa contigua y había convertido aquella pequeña construcción en un museo improvisado.
Cuando Bentley lo conoció, Peñafiel tenía alrededor de 90 años. Durante décadas había recorrido su finca capturando serpientes, una actividad que lo expuso constantemente a mordeduras potencialmente mortales. Sus estantes albergaban desde delgadas culebras látigo hasta ejemplares de equis, una temida víbora de foseta cuyos patrones corporales semejantes a un reloj de arena inspiraron el nombre popular de la “X”.
Para Bentley resultaba difícil comprender aquella pasión. En una región donde la reacción más común al encontrar una serpiente era matarla con un machete, la existencia de una colección tan extensa parecía una anomalía.
El propio Bentley reconocía que tampoco le resultaba sencillo explicar su fascinación por estos animales frecuentemente incomprendidos. Sin embargo, frente a él tenía a un campesino sin formación académica que compartía exactamente la misma curiosidad. Entre ambos surgió una conexión inmediata, una afinidad basada en lo que el científico describió como “la llamada de las serpientes”.
La filosofía de Peñafiel era sencilla:
—Si encuentras una serpiente, no le hagas daño.
El señor Peñafiel en su casa; una foto sin fecha de él con su esposa, Maruja Acosta; la señora Acosta, quien apoyó los intereses de su esposo.
Un niño andino que aprendió a convivir con las serpientes
Mera es una localidad de aproximadamente 1.000 habitantes situada en la provincia amazónica de Pastaza. Se encuentra en una zona de transición entre el bosque nublado de las estribaciones orientales de los Andes y la selva amazónica. Cada año recibe cerca de tres metros de precipitaciones. Todas las tardes, campesinos de las fincas ubicadas en las montañas cercanas descienden al pueblo transportando leche fresca.
Peñafiel llegó a este lugar a comienzos de la década de 1930. Tenía apenas siete años cuando sus padres emigraron desde las tierras altas andinas junto con el resto de la familia. Con el paso del tiempo siguió el mismo oficio de su padre y se dedicó a la agricultura, cultivando principalmente naranjilla, una fruta tropical cuyo sabor suele compararse con una combinación de piña y lima.
En aquella época, las serpientes formaban parte de la vida diaria. Era común encontrarlas entre los cultivos, dentro de las cocinas o escondidas bajo los pies de quienes trabajaban la tierra. La respuesta habitual consistía en matarlas rápidamente con cuchillos o machetes y arrojar sus restos fuera de la vivienda.
Peñafiel, sin embargo, reaccionaba de forma distinta. Aquellos animales despertaban su curiosidad y quería entenderlos mejor.
En 1958, un año después de contraer matrimonio con Maruja Acosta, capturó la primera serpiente de su futura colección. Era un pequeño ejemplar de X. En lugar de desecharlo, decidió conservarlo dentro de un frasco lleno de un licor de olor fuerte. Ese momento marcó el inicio de una afición que lo acompañaría durante el resto de su vida.
Desde entonces dio instrucciones claras a los trabajadores de su finca:
—Si encuentran una serpiente, no la lastimen.
Necesitaba que los ejemplares llegaran intactos para poder preservarlos.
Cuando encontraba una serpiente, la inmovilizaba utilizando una rama bifurcada. Sujetaba cuidadosamente la cabeza mientras el cuerpo se retorcía intentando escapar. Después la aseguraba con lianas recolectadas en la selva. Al finalizar la jornada agrícola preparaba dos o tres recipientes con alcohol y colocaba dentro las serpientes capturadas durante el día.
Décadas después resumió el origen de aquella pasión con una frase simple:
—Me gustaban. Y así comenzó mi afición por las serpientes.
Su esposa observaba el pasatiempo con una mezcla de resignación y sentido práctico. Mientras cocinaba en una estufa de leña y cuidaba a sus ocho hijos, mantenía una preocupación constante por el riesgo de mordeduras. Cualquier serpiente viva que apareciera dentro de la vivienda era eliminada inmediatamente.
Las que permanecían fuera, escondidas entre los cultivos, quedaban reservadas para Peñafiel.
Con los años fue ampliando su colección. Incorporó falsas corales, culebras corredoras de brillantes colores y diversas especies terrestres. Inicialmente los frascos permanecían sobre una pared de madera dentro de la propia casa, ubicados encima de un escritorio.
Milena Peñafiel, una de sus nietas, recuerda que de niña corría a la vivienda cada vez que escuchaba que había llegado una nueva serpiente. Junto a sus primos jugaba entre los estantes repletos de frascos.
—Les tenía miedo y respeto al mismo tiempo —recordó.
Cada espécimen iba acompañado de una historia
Cada espécimen iba acompañado de una historia. Su abuelo aprovechaba la ocasión para narrar aventuras ocurridas en el bosque durante la captura. Con el tiempo, la familia decidió vender la finca y trasladarse más cerca del centro urbano de Mera.
—Empaqué todo —recordó Maruja Acosta—, incluidas las serpientes.
La familia construyó entonces una pequeña cabaña destinada exclusivamente a la colección. Allí instalaron estanterías, organizaron los recipientes y colocaron un letrero para recibir visitantes.
Años más tarde, ese museo improvisado conduciría a Alex Bentley hasta la puerta de Manuel Genaro Peñafiel.
En busca de la serpiente X
A comienzos del siglo XXI, mientras Manuel Genaro Peñafiel se instalaba definitivamente en el centro de Mera, a miles de kilómetros de distancia crecía un niño en Salem, Virginia, que compartía una fascinación similar por las serpientes.
Ese niño era Alex Bentley.
Desde muy pequeño tenía claro cuál era su pasión. Cuando tenía apenas ocho años, montó durante varias semanas un puesto de limonada para reunir dinero. Su objetivo era ahorrar USD 80 y comprar una serpiente rey. Lo consiguió. La afición no hizo más que crecer. A los 13 años ya criaba diferentes especies de serpientes en su casa. Entre ellas había pitones bola y variedades mutantes de serpientes del maíz. Incluso llegó a vender algunos ejemplares a través de Craigslist.
Alex Bentley en busca de ejemplares de serpientes en una reserva natural mantenida por el Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador.
Durante sus años de preparatoria comenzó a involucrarse en actividades científicas. Publicó artículos sobre la diversidad de serpientes presentes en el Área de Manejo de Vida Silvestre Havens, en Virginia. Más adelante, mientras cursaba estudios universitarios, participaba en expediciones nocturnas junto a reconocidos investigadores para localizar serpientes de cascabel. Sin embargo, su verdadera aspiración iba más allá de estudiar reptiles en laboratorios o bibliotecas.
Quería observarlas directamente en la naturaleza.
Mientras cursaba las carreras de Biología y Español en Wofford College, en Carolina del Sur, encontró la oportunidad perfecta. Viajó a Ecuador para investigar la historia natural de la serpiente conocida localmente como la “X”, trabajo que formaría parte de su tesis académica.
Su llegada a Mera marcaría un antes y un después.
Desde el inicio quedó cautivado por la colección de Manuel Genaro Peñafiel. Había llegado convencido de que la diversidad de serpientes de este apartado sector amazónico permanecía escasamente documentada y que existía una enorme cantidad de información aún por descubrir. La riqueza biológica de la zona superó todas sus expectativas.
El bosque parecía un universo propio. Algunas ranas emitían sonidos que recordaban los efectos de videojuegos, semejantes a pequeños “pew, pew”. Numerosos insectos brillaban bajo la luz ultravioleta. Durante las noches se escuchaban los llamados de los búhos de vientre anillado. Hongos alucinógenos crecían entre la vegetación. Las ranas de cristal permanecían adheridas a las hojas mostrando sus órganos internos a través de su piel transparente. Algunas anguilas alcanzaban longitudes superiores a una guitarra acústica. Incluso una tarántula particularmente tímida había habitado durante cinco años el hueco de un mismo árbol.
Ante semejante biodiversidad, Bentley llegó a una conclusión:
—Se necesitarían vidas enteras para comprender todo esto.
Según explicó posteriormente, una de las razones que convierten a Mera en un lugar excepcional es su pronunciado gradiente altitudinal. En pocos kilómetros se pasa de los ecosistemas andinos a la cuenca amazónica. Este cambio genera una enorme variedad de ambientes y nichos ecológicos.
Las serpientes aprovechan todos esos espacios.
Las víboras de foseta andinas cazan entre las ramas más altas de los árboles. Las culebras acuáticas moteadas recorren ríos y quebradas. Cada especie ocupa un lugar específico dentro de este complejo mosaico natural.
Una nueva vida en la Amazonía
En 2019, Bentley decidió establecerse formalmente en Mera. Permaneció allí durante varios años y terminó construyendo una vida ligada por completo a la región. Fue entonces cuando conoció a Dione Fiallos, una ambientalista local cuya familia llevaba generaciones viviendo en el pueblo. Además, mantenía un parentesco lejano con los Peñafiel.
La relación prosperó y ambos contrajeron matrimonio.
Juntos fundaron Waska Amazonía, una organización dedicada a la conservación ambiental y la protección de la biodiversidad. Desde esa plataforma impulsaron distintas iniciativas ecológicas y participaron activamente en manifestaciones contra la expansión de grandes proyectos petroleros que comenzaban a instalarse en la zona.
En 2023, Bentley decidió dar un paso que llevaba años considerando. Comenzó el proceso formal para estudiar y catalogar la colección de serpientes reunida por Peñafiel durante toda su vida. Detrás de aquellos frascos existía un enorme valor científico. Sin embargo, la colección nunca había sido reconocida oficialmente ni había recibido procesos adecuados de conservación.
El señor Peñafiel y el señor Bentley en la cabaña del señor Peñafiel, con un ejemplar de Bothrops atrox, una especie a la que ambos tienen un cariño especial.
La meta era clara: documentar las especies registradas en Mera y rescatar información acumulada durante décadas. La tarea resultó monumental. Desde un principio quedó claro que sería necesario el apoyo de toda la comunidad.
La familia Peñafiel mostró inicialmente ciertas reservas. Manuel Genaro tenía ya 98 años y observaba con preocupación la posibilidad de que sus ejemplares sufrieran daños. Aquella colección representaba una de sus posesiones más queridas y sentía un orgullo silencioso por haberla construido durante tantos años.
Finalmente aceptó.
La respuesta superó cualquier expectativa.
Más de cien personas participaron en el proyecto. Entre ellas había científicos internacionales, bomberos, taxistas, estudiantes y vecinos del sector. Los trabajos se realizaron en una cabaña abierta ubicada junto a la vivienda de Peñafiel. Allí se instalaron mesas donde los ejemplares fueron colocados para su análisis.
Durante varios días, especialistas y voluntarios revisaron cuidadosamente cada recipiente. Las serpientes fueron fotografiadas una por una. Se contabilizaron sus escamas. Se tomaron muestras biológicas. Se registraron medidas y características morfológicas.
Posteriormente se reemplazó el antiguo licor de caña que había servido como conservante durante décadas. Los especímenes fueron fijados en formaldehído y transferidos a nuevos recipientes con alcohol al 96%. Cada uno recibió etiquetas detalladas con su respectiva identificación científica.
Ochenta y cinco años de historia natural
El trabajo no se limitó a la colección familiar. Bentley y otros investigadores comenzaron a revisar ejemplares procedentes de Mera que se encontraban almacenados en museos y universidades de todo Ecuador, incluidas varias instituciones ubicadas en Quito.
Al sumar toda la información disponible lograron reconstruir un panorama que abarcaba 85 años de registros biológicos. El estudio reunió 666 especímenes correspondientes a 66 especies distintas.
Siete de esas especies jamás habían sido reportadas oficialmente para Mera.
Entre los hallazgos más sorprendentes apareció un ejemplar extraordinario perteneciente a la serpiente coral cinta occidental. Medía más de un metro y medio de longitud y se convirtió en el individuo más grande registrado para esa especie. Desde entonces no se ha documentado ningún otro ejemplar de dimensiones similares.
Bothrops atrox, una especie de víbora venenosa; ejemplares de la colección del Sr. Peñafiel, 58 de los cuales proceden de su finca en Mera; una boa constrictor en manos del Sr. Bentley.
Otras serpientes encontradas en la colección no habían vuelto a registrarse a esas altitudes durante muchos años. Algunas incluso llevaban décadas sin ser observadas en sus hábitats originales.
Entre ellas destacaba la serpiente de agua Pastaza. Uno de los ejemplares había sido capturado en un arroyo cercano a la antigua finca de la familia Peñafiel. La especie recibió su nombre tanto de la provincia como del río contaminado donde históricamente habitaba.
Uno de los participantes en la investigación fue Jaime Culebras, herpetólogo y fotógrafo vinculado a la Fundación Cóndor Andino. Para él, el trabajo desarrollado por Bentley permitió posicionar a Mera como un sitio de enorme interés científico. Los resultados respaldaban esa afirmación.
Los investigadores determinaron que al menos una cuarta parte de todas las especies de serpientes conocidas en Ecuador estaban presentes únicamente en Mera.
La conclusión fue contundente. El pequeño poblado amazónico figuraba entre los lugares con mayor diversidad de serpientes del planeta. Y una parte importante de esa evidencia había permanecido durante décadas dentro de la modesta cabaña de Manuel Genaro Peñafiel.
Del reconocimiento científico a la publicación internacional
Los investigadores también enfrentaron un desafío delicado. Querían destacar la importancia de la colección sin convertir a Peñafiel en objeto de cuestionamientos.
La mayoría de los ejemplares habían sido capturados mucho antes de la existencia de los actuales permisos científicos y marcos regulatorios. Esto colocaba a la colección en una situación legal compleja.
Mario Yánez-Muñoz, ecólogo conservacionista del Instituto Nacional de Biodiversidad, consideró que la mejor alternativa era actuar con total transparencia. La solución consistía en publicar abiertamente la investigación y reconocer formalmente el aporte realizado por Peñafiel.
El estudio apareció finalmente en octubre de 2025 en la revista científica especializada Check List. La fecha tenía un simbolismo especial. La publicación ocurrió exactamente diez años después del primer encuentro entre Bentley y Peñafiel.
Los nombres de ambos aparecieron como autores del trabajo.
“Ya no las matamos”
Mientras la investigación avanzaba, también comenzó a transformarse la relación entre los habitantes de Mera y las serpientes. Cada vez que alguien encontraba una, en lugar de matarla llamaba a Bentley.
Él acudía acompañado por voluntarios y estudiantes. Capturaban cuidadosamente al animal y posteriormente lo liberaban en sectores profundos de la selva, lejos de las viviendas. A veces se trataba de pequeños equis rojos, todavía considerados los reptiles más temidos de la región.
En otras ocasiones aparecían enormes boas arcoíris de hasta dos metros de longitud, cuyas escamas reflejaban destellos iridiscentes bajo la luz.
Un día ocurrió algo inesperado.
Un hombre que cortaba leña encontró una pequeña serpiente escondida entre varias tablas apiladas. Durante toda su vida había matado serpientes al encontrarlas. Esa vez actuó de forma distinta. La colocó dentro de un frasco y se la llevó a Bentley. La decisión terminó siendo histórica.
El ejemplar pertenecía a una especie completamente desconocida para la ciencia.
Los descubrimientos de nuevos vertebrados son extremadamente raros. Mientras numerosas especies nuevas de insectos y arañas continúan describiéndose cada año, encontrar una serpiente, una rana o un ave nunca antes registrada constituye un acontecimiento excepcional.
La serpiente resultó ser una diminuta boa enana perteneciente a un antiguo linaje evolutivo. Además, era endémica de una cadena montañosa cercana a Mera cuya formación geológica antecedía incluso al levantamiento de los Andes. Bentley la describió como una especie emblemática del cantón.
Poseía una coloración marrón anaranjada oscura y apenas alcanzaba los 30 centímetros de longitud. El único ejemplar conocido permanece actualmente bajo custodia del Instituto Nacional de Biodiversidad.
Un cambio cultural
La transformación también fue visible entre los pobladores.
Wilson Ebla, un productor lechero de 57 años nacido en Mera, representa uno de los ejemplos más claros. Durante gran parte de su vida creyó que matar serpientes era una necesidad para proteger a los animales de su finca. Incluso había perdido un caballo tras una mordedura.
Con el tiempo comenzó a cambiar de opinión. Una tarde lluviosa de abril le dijo a Bentley:
—Desde que llegaste aquí, ya no las matamos.
Hoy su actitud es completamente distinta. Cuando encuentra una serpiente siente entusiasmo. Aquella tarde mostraba en su teléfono varios videos de reptiles mientras hablaba con evidente emoción.
—Juego con ellas y luego las dejo tranquilas —comentó.
Wilson Ebla, un lechero de Mera, con una de las serpientes que encontró en su finca.
El pionero de Mera
A comienzos de abril, mientras esperaba una nueva visita de Bentley, Manuel Genaro Peñafiel permanecía sentado en una robusta silla de bambú.
Tenía ya 101 años.
Sobre sus piernas descansaba un libro de fábulas relacionado con la felicidad. El aire estaba impregnado por el aroma fresco de la hierba limón. Desde un parlante cercano sonaban baladas latinas de ritmo pausado.
Cuando Bentley llegó, ambos compartieron una taza de café. Conversaron sobre la situación de Mera. Hablaron de política local. Comentaron ideas y proyectos que deseaban presentar a las autoridades del cantón. También discutieron la incorporación más reciente a la colección: un nuevo ejemplar de X capturado por uno de los hijos de Peñafiel.
Muy cerca reposaba una copia impresa del artículo científico que habían publicado juntos. Las hojas estaban sujetas con un clip metálico. Alguien incluso había estampado la portada del estudio sobre una taza. En una esquina de la habitación descansaba un gato atigrado de color naranja.
Entonces Peñafiel tomó la palabra.
—Quiero darles las gracias.
Mientras hablaba sostenía una placa enmarcada entregada por el gobierno provincial en reconocimiento a su trayectoria. Bentley observó el homenaje aún con los guantes que había utilizado para manipular la nueva serpiente. La inscripción era clara.
“Manuel Genaro Peñafiel Flores”.
Debajo aparecía un título significativo:
“Pionero de Mera”.
El reconocimiento destacaba su curiosidad, su profundo vínculo con la naturaleza y las décadas dedicadas a preservar serpientes. Además, le atribuía un papel fundamental en la consolidación de Mera como uno de los territorios con mayor diversidad de serpientes del mundo. Al final de la placa aparecía una frase que resumía toda una vida de trabajo.
“Su ejemplo trasciende el tiempo”.
El señor Peñafiel entrega una placa al señor Bentley.
La falta de gobernanza y retrasos en la variante definitiva han desplomado la producción petrolera del país, a 462.000 barriles diarios a marzo de 2026.
Un reciente informe técnico de la Subgerencia de Oleoductos de la estatal petrolera Petroecuador -al que accedió Radio Pichincha- señala que entre abril de 2020 y julio de 2025, el transporte de hidrocarburos en Ecuador por el Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE) ha sufrido 13 eventos de suspensión provocados la erosión regresiva en las márgenes del río Coca.
Estas paralizaciones han generado pérdidas por barriles no transportados valoradas en USD 1.123,67 millones. Aquí no se incluye las pérdidas por la salida de operaciones del Oleoducto de Crudos Pesados (OCP).
La erosión regresiva es un fenómeno natural que empezó en febrero de 2020 cuando colapsó la cascada San Rafael, en el límite fronterizo entre las provincias amazónicas de Napo y Sucumbíos.
El fenómeno natural ha destruido en varias ocasiones las variantes de los oleoductos OCP y SOTE y el poliducto Shushufindi-Quito, así como centros poblados, infraestructura vial, tramos de la vía Quito-Lago Agrio y amenaza con destruir la captación de agua de la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, la más grande del país, con una capacidad instalada de 1.500 megavatios.
El consultor energético Nelson Baldeón señaló que esta cifra es la “factura de la falta de gobernanza energética” que arrastra el país.
De acuerdo con el informe de Petroecuador, el impacto más severo ocurrió en julio de 2025. Durante ese mes, la variante del SOTE colapsó por la intensidad del invierno, forzando una suspensión de 548,46 horas (casi 23 días). El resultado fue una pérdida catastrófica de casi 6 millones de barriles de crudo, valorados en USD 372,18 millones en un solo mes.
Este evento superó incluso la crisis de diciembre de 2021, donde otra paralización de 471 horas costó al Estado USD 375 millones. La frecuencia de las crisis es alarmante: solo en 2020 se registraron cinco suspensiones distintas. Algunas de esas paralizaciones obedecen a los riesgos de que la erosión regresiva destruya los oleoductos petroleros.
El SOTE tiene una capacidad máxima de transporte de 360.000 barriles de petróleo por día. Pero entre enero y abril hubo un bombeo de 301.310 barriles en promedio día, mayor en 14,2% en comparación al mismo periodo del año anterior.
En cambio, el OCP tiene una capacidad instalada para transportar 450.000 barriles diarios. Entre enero y abril, por ese ducto se bombearon 130.436 barriles por día, un 34,42% menos que lo registrado en 2025, según registros de la estatal petrolera Petroecuador.
La solución ignorada: Variante definitiva de USD 130 millones
La magnitud de la pérdida económica (USD 1.123,67 millones) resulta aún más difícil de digerir al compararla con las alternativas técnicas planteadas desde el inicio de la erosión regresiva del río Coca.
Baldeon señaló que construir una variante definitiva tenía un costo mínimo de USD 130 millones en 2020, es decir, casi nueve variantes por el monto perdido por parte de Petroecuador . Además, Baldeon recordó que esta obra estaba prevista que sea financiada por la entonces empresa privada OCP (ahora es una entidad adscrita al Ministerio de Energía), sin comprometer recursos directos del Estado ecuatoriano en ese momento.
En tanto, el analista energético Darío Dávalos proyectó que la inversión necesaria para esta infraestructura definitiva demandaría entre USD 150 millones y USD 200 millones.
Pese a que era un costo relativamente bajo, la construcción de la variante definitiva no ocurrió.
En lugar de aquello, Petroecuador y el Gobierno central (bajo las administraciones de los presidentes Lenin Moreno, Guillermo Lasso y Daniel Noboa) se enredaron en una serie de soluciones provisionales. Hasta la fecha (mayo de 2026), la estatal ha tenido que construir al menos 10 variantes de emergencia para el SOTE y ocho para el Poliducto.
En su momento, Emilio Cobos, experto en gestión ambiental, calificó esta estrategia como un sinsentido: “Es una estupidez la cantidad de recursos malgastados en variantes y paralizaciones. La única solución es trasladar todo por otra ruta, por el flanco derecho del río”.
Variante definitiva: estudios retrasados y contratos bajo sospecha
Mientras la erosión lateral y regresiva sigue y continúa poniendo en riesgo a la infraestructura vial, eléctrica y petrolera, la respuesta administrativa ha sido lenta y burocrática.
Durante el gobierno de Guillermo Lasso, Petroecuador finalmente inició el proceso para los estudios de prefactibilidad para la construcción de la variante definitiva para el SOTE y Poliducto Shushufindi-Quito”.
Así, el 26 de septiembre de 2023, mediante resolución No. ADJ-CPC-EPP-004-2023, se adjudicó el contrato a la empresa IMCOECSA por un monto de USD 1.800.000 con un plazo de 180 días calendario. El contrato fue suscrito el 18 de octubre de 2023.
Ese plazo venció el 15 de abril de 2024, ya en la administración del Presidente Daniel Noboa.
Por eso, Darío Dávalos señaló que Petroecuador “ya debía contar con los resultados”. Sin embargo, hasta mediados de 2026, el país seguía improvisando baipases y variantes provisionales, como la Variante 10 del SOTE, que fue construida a finales de mayo.
Incluso el proceso de adjudicación a IMCOECSA enfrentó reclamos administrativos por parte de otros oferentes como SERTECPET S.A., quienes denunciaron ante el Servicio Nacional de Contratación Pública (Sercop) que la Comisión Técnica aplicó criterios desiguales y aceptó personal técnico que no acreditaba la especialidad requerida en Geomática.
Esta cadena de negligencias y desastres naturales ha empujado a la industria petrolera ecuatoriana a su peor crisis en décadas.
Las cifras históricas revelan un declive alarmante en la extracción de crudo: de los 557.000 barriles diarios producidos en 2014 (uno de los años con mejor rendimiento petrolero de la historia), la cifra cayó a 441.000 en 2025, una reducción del 21%. En tanto, en el primer trimestre de 2026, la producción se situó en 462.000 barriles de crudo diarios, una recuperación ligera pero insuficiente frente a las necesidades nacionales.
La rotura de oleoductos y las constantes suspensiones por la erosión del Coca están entre las causas principales de este declive, junto con la falta de inversión y la inestabilidad administrativa.
De hecho, la producción de crudo pasó de 531.000 barriles en 2019 a 479.000 barriles en 2020 debido al impacto de la erosión regresiva.
Esta es la producción de crudo en los últimos años. Fuente: Banco Central
“Cada suspensión es un martirio”, afirma Carlos Vega, padre del joven asesinado durante un operativo militar en Guayaquil. La audiencia que debía definir el avance del caso volvió a diferirse, mientras la familia exige verdad, justicia y la reparación de la memoria de su hijo.
A más de dos años de que Carlos Javier Vega, de 19 años muriera tras recibir disparos de militares durante un operativo realizado en el barrio Cuba, al sur de Guayaquil, su familia enfrenta una nueva demora judicial que prolonga el dolor y la incertidumbre.
La audiencia preparatoria de juicio prevista para el 27 de mayo de 2026 fue suspendida nuevamente. Para sus familiares, este nuevo aplazamiento representa otro obstáculo en la búsqueda de justicia y un episodio más de revictimización.
“Para nosotros como familia es un día más de tormento, de indignación”, expresó Carlos Vega, padre de la víctima. “A mí me mataron un hijo sano, que no le hacía daño a nadie. Cada suspensión es un martirio. Mi esposa está desanimada y nosotros seguimos esperando que esto se esclarezca”.
Un proceso marcado por retrasos
Según Abraham Aguirre, abogado del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CDH) de Guayaquil y representante de la familia, la audiencia suspendida era clave porque permitiría emitir el dictamen acusatorio contra dos militares procesados por la muerte de Carlos Javier.
El jurista recordó que la primera instalación de esta diligencia ocurrió en julio de 2025, pero posteriormente se declaró una nulidad parcial debido a diligencias pendientes dentro de la investigación. Aunque esas actuaciones ya fueron subsanadas, desde entonces las nuevas convocatorias han sido suspendidas.
“Estamos hablando de una causa iniciada en 2024 y seguimos sin avanzar. Justicia que demora o que se retarda no es justicia”, sostuvo Aguirre.
El abogado señaló que las últimas suspensiones han estado relacionadas con permisos médicos de la jueza titular del caso. Ante esta situación, anunció que presentarán una queja formal ante el Consejo de la Judicatura para exigir medidas que permitan garantizar la continuidad del proceso.
La investigación: extralimitación o una posible ejecución extrajudicial
La investigación está a cargo de la Unidad Especializada de Investigación sobre el Uso Ilegítimo de la Fuerza de la Fiscalía General del Estado.
De acuerdo con Aguirre, durante la instrucción fiscal se recopilaron elementos de convicción que apuntarían a la participación de dos militares que habrían disparado contra Carlos Javier Vega y su primo, quien conducía el vehículo en el que se movilizaban.
La investigación analiza posibles responsabilidades por el delito de extralimitación en la ejecución de un acto de servicio, aunque la defensa de la familia también sostiene que los hechos podrían constituir una ejecución extrajudicial.
Aguirre explicó que la diferencia radica en que la ejecución extrajudicial implica que un agente estatal prive de la vida a una persona de forma deliberada y con pleno conocimiento de sus actos, mientras que la extralimitación se configura cuando, durante el ejercicio de sus funciones, un servidor público excede los límites legales del uso de la fuerza y vulnera derechos fundamentales, como la vida.
El abogado destacó que esta misma unidad fiscal investiga otros casos emblemáticos relacionados con graves violaciones a los derechos humanos, entre ellos desapariciones forzadas, torturas y presuntos abusos cometidos por agentes estatales.
El peso de una acusación que permanece en redes
Más allá del proceso penal, la familia enfrenta otra lucha: limpiar el nombre de Carlos Javier Vega.
Tras su muerte, el Ministerio de Defensa difundió información en la que se señalaba que Carlos Javier y su primo eran presuntos terroristas. Según sus familiares, esa publicación continúa disponible y nunca ha sido rectificada.
“Nunca hemos sentido que se retracten”, afirmó Carlos Vega. “Eso nos afectó mucho. En redes sociales decían que estaba bien que hayan matado a esos terroristas. Mi familia sufrió muchísimo con esos comentarios”.
El padre asegura que la principal reparación que esperan es que el Estado reconozca públicamente que su hijo no era un delincuente ni un terrorista.
“Queremos que rectifiquen y pidan disculpas. Que la gente sepa quién era realmente Carlos Javier. Eso es lo que más anhelamos”, señaló.
La reparación como acto de memoria
Para la defensa de la familia, cualquier sentencia debe contemplar no solo una eventual sanción penal para los responsables, sino también medidas de reparación integral.
“Carlos Javier no era ningún terrorista”, sostuvo Aguirre. “Resulta gravísimo que desde el mismo día de los hechos una institución del Estado haya difundido esa afirmación sin contar con elementos que la sustenten y que, pese al avance de la investigación, esa publicación no haya sido corregida”.
El abogado considera que mantener ese mensaje en espacios oficiales profundiza el daño causado a la familia y contribuye a estigmatizar a la víctima.
“La memoria de Carlos Javier debe ser reparada. No se puede permitir que se siga instalando la idea de que las víctimas merecen morir o que la violencia estatal puede justificarse mediante etiquetas que no han sido demostradas”, añadió.
Una espera que no termina
Mientras la causa permanece estancada, el impacto emocional continúa afectando a la familia.
Carlos Vega relata que desde febrero de 2024 la vida de todos cambió radicalmente. Habla de problemas de salud, episodios de angustia y el desgaste de revivir constantemente la muerte de su hijo.
“No hay un momento en que estemos bien. Mi esposa se descompone, mis hijos preguntan si esto va a quedar así. Cada retraso es volver a recordar todo otra vez”, dijo.
Para la familia, la exigencia sigue siendo la misma desde el primer día: que la justicia actúe con celeridad, que se esclarezcan los hechos ocurridos durante el operativo militar y que el nombre de Carlos Javier Vega sea reivindicado.
“Lo único que pedimos es justicia”, concluyó su padre. “Mientras más se alarga esto, más sufrimiento hay para todos nosotros”.
Usuarios en redes sociales cuestionaron a la madre del presidente Daniel Noboa tras lamentar la muerte del exseleccionado ecuatoriano, Raúl Guerrón, quien días antes había pedido ayuda para costear una operación por los tumores que padecía en el estómago.
La muerte del exseleccionado ecuatoriano Raúl Guerrón no solo generó mensajes de pesar en el mundo del deporte. También desató una ola de cuestionamientos en redes sociales contra la asambleísta Annabella Azín, madre del presidente Daniel Noboa, luego de que publicara un mensaje lamentando el fallecimiento del exfutbolista.
“Hoy el fútbol ecuatoriano despide a uno de sus grandes. Raúl Guerrón llevó con orgullo los colores de nuestra selección y dejó una huella imborrable en la historia deportiva del país. Oramos por su eterno descanso”, escribió Azín en su cuenta de X.
Sin embargo, la publicación fue rápidamente respondida por decenas de usuarios que vincularon la muerte del exmundialista con las dificultades que enfrentó para acceder a atención médica y financiar su tratamiento.
Comentarios
Entre los comentarios más recurrentes estuvieron los de ciudadanos que recordaron que Guerrón había aparecido públicamente días antes solicitando ayuda económica para una operación valorada en aproximadamente USD 12.000.
Varios usuarios señalaron que el exfutbolista se convirtió en un símbolo de las dificultades que enfrentan pacientes con enfermedades graves en el sistema de salud pública.
“Raúl Guerrón murió suplicando ayuda para una operación que le costaba USD 12.000”, escribió una usuaria.
Otros mensajes calificaron como “hipócrita” el pronunciamiento y cuestionaron la situación de los hospitales públicos, la falta de medicamentos y las dificultades para acceder a tratamientos especializados.
Una enfermedad que lo obligó a pedir ayuda
La situación de Guerrón se hizo pública a través de un video difundido por su excompañero Luis “Chifle” Mosquera. En ese material audiovisual, el exdefensa relató que una endoscopia reveló la presencia de cuatro tumores en el estómago y que necesitaba una intervención urgente.
“Me hice una endoscopia, me salió que tengo cuatro tumores en el estómago”, contó Guerrón. También explicó que atravesaba una delicada situación económica y física debido al avance de la enfermedad. “No puedo comer, me encuentro flaco, desnutrido. La operación es muy cara, no tengo los medios hoy por hoy”, manifestó.
Aunque no se difundió un diagnóstico médico oficial, la información disponible señalaba la presencia de masas tumorales que requerían tratamiento especializado, incluyendo procedimientos quirúrgicos y terapias complementarias.
Un histórico de la primera clasificación mundialista
Raúl Guerrón dejó una importante trayectoria en el fútbol ecuatoriano. Durante su carrera defendió las camisetas de Deportivo Quito, Universidad Católica y Barcelona SC, convirtiéndose en uno de los zagueros destacados de su generación.
Su nombre quedó ligado a uno de los capítulos más importantes del deporte nacional al integrar la selección ecuatoriana que disputó la Copa América de 2001 y, posteriormente, el histórico Mundial de Corea-Japón 2002, la primera participación de Ecuador en una Copa del Mundo.
Tras conocerse su fallecimiento, las expresiones de dolor por la pérdida del exfutbolista se mezclaron con reclamos sobre el acceso a la salud en el país, un debate que volvió a cobrar fuerza en redes sociales a raíz de la historia que marcó sus últimos días.