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En un pueblo de la Amazonía ecuatoriana, un agricultor de 101 años y un joven científico convirtieron una colección de serpientes en una investigación mundial


La historia narra cómo Manuel Genaro Peñafiel, un agricultor de Mera que dedicó más de 70 años a recolectar y conservar serpientes, y Alex Bentley, un joven científico estadounidense apasionado por la herpetología, unieron esfuerzos para estudiar una colección única en la Amazonía ecuatoriana.

Hace diez años, Alex Bentley, un joven investigador estadounidense, llegó al pequeño poblado ecuatoriano de Mera con un objetivo específico: estudiar una escurridiza especie de serpiente conocida localmente como la “X”. Durante su estancia, un guardaparques de la zona le habló de un anciano que poseía una colección extraordinaria de serpientes, algo inusual incluso para una región acostumbrada a convivir con estos reptiles.

Intrigado, Bentley se dirigió a la propiedad del hombre. Al llegar encontró una pequeña choza junto a una vivienda blanca. Un letrero anunciaba el precio de ingreso: USD 1 para adultos y USD 0,50 para niños. El lugar estaba rodeado de anturios y abundante vegetación tropical de hojas siempre verdes. Tras pagar la entrada, ingresó a una construcción sencilla, cubierta por un techo de zinc y con paredes de celosía blanca.

En el interior se encontró con una escena inesperada. Decenas de serpientes preservadas descansaban dentro de botellas plásticas y frascos de vidrio acomodados sobre estanterías de madera. Los ejemplares, muchos de ellos raros y poco estudiados, permanecían sumergidos en licor de caña, un líquido que se había tornado opaco después de décadas de almacenamiento. Así lo describe un reporte del The New York Times.

Años más tarde, Bentley recordaría aquella colección como un auténtico tesoro oculto, una riqueza científica que había permanecido ignorada durante generaciones. Los recipientes contenían desde enormes serpientes hasta especies que ni siquiera él podía identificar en ese momento. La colección abarcaba cerca de setenta años de historia natural.

Sin embargo, lo que más llamó su atención no fueron únicamente los especímenes, sino el hombre que los había reunido. Se trataba de Manuel Genaro Peñafiel, un agricultor de complexión delgada y bigote característico que habitaba la casa contigua y había convertido aquella pequeña construcción en un museo improvisado.

Cuando Bentley lo conoció, Peñafiel tenía alrededor de 90 años. Durante décadas había recorrido su finca capturando serpientes, una actividad que lo expuso constantemente a mordeduras potencialmente mortales. Sus estantes albergaban desde delgadas culebras látigo hasta ejemplares de equis, una temida víbora de foseta cuyos patrones corporales semejantes a un reloj de arena inspiraron el nombre popular de la “X”.

Para Bentley resultaba difícil comprender aquella pasión. En una región donde la reacción más común al encontrar una serpiente era matarla con un machete, la existencia de una colección tan extensa parecía una anomalía.

El propio Bentley reconocía que tampoco le resultaba sencillo explicar su fascinación por estos animales frecuentemente incomprendidos. Sin embargo, frente a él tenía a un campesino sin formación académica que compartía exactamente la misma curiosidad. Entre ambos surgió una conexión inmediata, una afinidad basada en lo que el científico describió como “la llamada de las serpientes”.

La filosofía de Peñafiel era sencilla:

—Si encuentras una serpiente, no le hagas daño.

El señor Peñafiel en su casa; una foto sin fecha de él con su esposa, Maruja Acosta; la señora Acosta, quien apoyó los intereses de su esposo.

Un niño andino que aprendió a convivir con las serpientes

Mera es una localidad de aproximadamente 1.000 habitantes situada en la provincia amazónica de Pastaza. Se encuentra en una zona de transición entre el bosque nublado de las estribaciones orientales de los Andes y la selva amazónica. Cada año recibe cerca de tres metros de precipitaciones. Todas las tardes, campesinos de las fincas ubicadas en las montañas cercanas descienden al pueblo transportando leche fresca.

Peñafiel llegó a este lugar a comienzos de la década de 1930. Tenía apenas siete años cuando sus padres emigraron desde las tierras altas andinas junto con el resto de la familia. Con el paso del tiempo siguió el mismo oficio de su padre y se dedicó a la agricultura, cultivando principalmente naranjilla, una fruta tropical cuyo sabor suele compararse con una combinación de piña y lima.

En aquella época, las serpientes formaban parte de la vida diaria. Era común encontrarlas entre los cultivos, dentro de las cocinas o escondidas bajo los pies de quienes trabajaban la tierra. La respuesta habitual consistía en matarlas rápidamente con cuchillos o machetes y arrojar sus restos fuera de la vivienda.

Peñafiel, sin embargo, reaccionaba de forma distinta. Aquellos animales despertaban su curiosidad y quería entenderlos mejor.

En 1958, un año después de contraer matrimonio con Maruja Acosta, capturó la primera serpiente de su futura colección. Era un pequeño ejemplar de X. En lugar de desecharlo, decidió conservarlo dentro de un frasco lleno de un licor de olor fuerte. Ese momento marcó el inicio de una afición que lo acompañaría durante el resto de su vida.

Desde entonces dio instrucciones claras a los trabajadores de su finca:

—Si encuentran una serpiente, no la lastimen.

Necesitaba que los ejemplares llegaran intactos para poder preservarlos.

Cuando encontraba una serpiente, la inmovilizaba utilizando una rama bifurcada. Sujetaba cuidadosamente la cabeza mientras el cuerpo se retorcía intentando escapar. Después la aseguraba con lianas recolectadas en la selva. Al finalizar la jornada agrícola preparaba dos o tres recipientes con alcohol y colocaba dentro las serpientes capturadas durante el día.

Décadas después resumió el origen de aquella pasión con una frase simple:

—Me gustaban. Y así comenzó mi afición por las serpientes.

Su esposa observaba el pasatiempo con una mezcla de resignación y sentido práctico. Mientras cocinaba en una estufa de leña y cuidaba a sus ocho hijos, mantenía una preocupación constante por el riesgo de mordeduras. Cualquier serpiente viva que apareciera dentro de la vivienda era eliminada inmediatamente.

Las que permanecían fuera, escondidas entre los cultivos, quedaban reservadas para Peñafiel.

Con los años fue ampliando su colección. Incorporó falsas corales, culebras corredoras de brillantes colores y diversas especies terrestres. Inicialmente los frascos permanecían sobre una pared de madera dentro de la propia casa, ubicados encima de un escritorio.

Milena Peñafiel, una de sus nietas, recuerda que de niña corría a la vivienda cada vez que escuchaba que había llegado una nueva serpiente. Junto a sus primos jugaba entre los estantes repletos de frascos.

—Les tenía miedo y respeto al mismo tiempo —recordó.

Cada espécimen iba acompañado de una historia

Cada espécimen iba acompañado de una historia. Su abuelo aprovechaba la ocasión para narrar aventuras ocurridas en el bosque durante la captura. Con el tiempo, la familia decidió vender la finca y trasladarse más cerca del centro urbano de Mera.

—Empaqué todo —recordó Maruja Acosta—, incluidas las serpientes.

La familia construyó entonces una pequeña cabaña destinada exclusivamente a la colección. Allí instalaron estanterías, organizaron los recipientes y colocaron un letrero para recibir visitantes.

Años más tarde, ese museo improvisado conduciría a Alex Bentley hasta la puerta de Manuel Genaro Peñafiel.

A comienzos del siglo XXI, mientras Manuel Genaro Peñafiel se instalaba definitivamente en el centro de Mera, a miles de kilómetros de distancia crecía un niño en Salem, Virginia, que compartía una fascinación similar por las serpientes.

Ese niño era Alex Bentley.

Desde muy pequeño tenía claro cuál era su pasión. Cuando tenía apenas ocho años, montó durante varias semanas un puesto de limonada para reunir dinero. Su objetivo era ahorrar USD 80 y comprar una serpiente rey. Lo consiguió. La afición no hizo más que crecer. A los 13 años ya criaba diferentes especies de serpientes en su casa. Entre ellas había pitones bola y variedades mutantes de serpientes del maíz. Incluso llegó a vender algunos ejemplares a través de Craigslist.

Alex Bentley en busca de ejemplares de serpientes en una reserva natural mantenida por el Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador.

Durante sus años de preparatoria comenzó a involucrarse en actividades científicas. Publicó artículos sobre la diversidad de serpientes presentes en el Área de Manejo de Vida Silvestre Havens, en Virginia. Más adelante, mientras cursaba estudios universitarios, participaba en expediciones nocturnas junto a reconocidos investigadores para localizar serpientes de cascabel. Sin embargo, su verdadera aspiración iba más allá de estudiar reptiles en laboratorios o bibliotecas.

Quería observarlas directamente en la naturaleza.

Mientras cursaba las carreras de Biología y Español en Wofford College, en Carolina del Sur, encontró la oportunidad perfecta. Viajó a Ecuador para investigar la historia natural de la serpiente conocida localmente como la “X”, trabajo que formaría parte de su tesis académica.

Su llegada a Mera marcaría un antes y un después.

Desde el inicio quedó cautivado por la colección de Manuel Genaro Peñafiel. Había llegado convencido de que la diversidad de serpientes de este apartado sector amazónico permanecía escasamente documentada y que existía una enorme cantidad de información aún por descubrir. La riqueza biológica de la zona superó todas sus expectativas.

El bosque parecía un universo propio. Algunas ranas emitían sonidos que recordaban los efectos de videojuegos, semejantes a pequeños “pew, pew”. Numerosos insectos brillaban bajo la luz ultravioleta. Durante las noches se escuchaban los llamados de los búhos de vientre anillado. Hongos alucinógenos crecían entre la vegetación. Las ranas de cristal permanecían adheridas a las hojas mostrando sus órganos internos a través de su piel transparente. Algunas anguilas alcanzaban longitudes superiores a una guitarra acústica. Incluso una tarántula particularmente tímida había habitado durante cinco años el hueco de un mismo árbol.

Ante semejante biodiversidad, Bentley llegó a una conclusión:

—Se necesitarían vidas enteras para comprender todo esto.

Según explicó posteriormente, una de las razones que convierten a Mera en un lugar excepcional es su pronunciado gradiente altitudinal. En pocos kilómetros se pasa de los ecosistemas andinos a la cuenca amazónica. Este cambio genera una enorme variedad de ambientes y nichos ecológicos.

Las serpientes aprovechan todos esos espacios.

Las víboras de foseta andinas cazan entre las ramas más altas de los árboles. Las culebras acuáticas moteadas recorren ríos y quebradas. Cada especie ocupa un lugar específico dentro de este complejo mosaico natural.

Una nueva vida en la Amazonía

En 2019, Bentley decidió establecerse formalmente en Mera. Permaneció allí durante varios años y terminó construyendo una vida ligada por completo a la región. Fue entonces cuando conoció a Dione Fiallos, una ambientalista local cuya familia llevaba generaciones viviendo en el pueblo. Además, mantenía un parentesco lejano con los Peñafiel.

La relación prosperó y ambos contrajeron matrimonio.

Juntos fundaron Waska Amazonía, una organización dedicada a la conservación ambiental y la protección de la biodiversidad. Desde esa plataforma impulsaron distintas iniciativas ecológicas y participaron activamente en manifestaciones contra la expansión de grandes proyectos petroleros que comenzaban a instalarse en la zona.

En 2023, Bentley decidió dar un paso que llevaba años considerando. Comenzó el proceso formal para estudiar y catalogar la colección de serpientes reunida por Peñafiel durante toda su vida. Detrás de aquellos frascos existía un enorme valor científico. Sin embargo, la colección nunca había sido reconocida oficialmente ni había recibido procesos adecuados de conservación.

El señor Peñafiel y el señor Bentley en la cabaña del señor Peñafiel, con un ejemplar de Bothrops atrox, una especie a la que ambos tienen un cariño especial.

La meta era clara: documentar las especies registradas en Mera y rescatar información acumulada durante décadas. La tarea resultó monumental. Desde un principio quedó claro que sería necesario el apoyo de toda la comunidad.

La familia Peñafiel mostró inicialmente ciertas reservas. Manuel Genaro tenía ya 98 años y observaba con preocupación la posibilidad de que sus ejemplares sufrieran daños. Aquella colección representaba una de sus posesiones más queridas y sentía un orgullo silencioso por haberla construido durante tantos años.

Finalmente aceptó.

La respuesta superó cualquier expectativa.

Más de cien personas participaron en el proyecto. Entre ellas había científicos internacionales, bomberos, taxistas, estudiantes y vecinos del sector. Los trabajos se realizaron en una cabaña abierta ubicada junto a la vivienda de Peñafiel. Allí se instalaron mesas donde los ejemplares fueron colocados para su análisis.

Durante varios días, especialistas y voluntarios revisaron cuidadosamente cada recipiente. Las serpientes fueron fotografiadas una por una. Se contabilizaron sus escamas. Se tomaron muestras biológicas. Se registraron medidas y características morfológicas.

Posteriormente se reemplazó el antiguo licor de caña que había servido como conservante durante décadas. Los especímenes fueron fijados en formaldehído y transferidos a nuevos recipientes con alcohol al 96%. Cada uno recibió etiquetas detalladas con su respectiva identificación científica.

Ochenta y cinco años de historia natural

El trabajo no se limitó a la colección familiar. Bentley y otros investigadores comenzaron a revisar ejemplares procedentes de Mera que se encontraban almacenados en museos y universidades de todo Ecuador, incluidas varias instituciones ubicadas en Quito.

Al sumar toda la información disponible lograron reconstruir un panorama que abarcaba 85 años de registros biológicos. El estudio reunió 666 especímenes correspondientes a 66 especies distintas.

Siete de esas especies jamás habían sido reportadas oficialmente para Mera.

Entre los hallazgos más sorprendentes apareció un ejemplar extraordinario perteneciente a la serpiente coral cinta occidental. Medía más de un metro y medio de longitud y se convirtió en el individuo más grande registrado para esa especie. Desde entonces no se ha documentado ningún otro ejemplar de dimensiones similares.

Bothrops atrox, una especie de víbora venenosa; ejemplares de la colección del Sr. Peñafiel, 58 de los cuales proceden de su finca en Mera; una boa constrictor en manos del Sr. Bentley.

Otras serpientes encontradas en la colección no habían vuelto a registrarse a esas altitudes durante muchos años. Algunas incluso llevaban décadas sin ser observadas en sus hábitats originales.

Entre ellas destacaba la serpiente de agua Pastaza. Uno de los ejemplares había sido capturado en un arroyo cercano a la antigua finca de la familia Peñafiel. La especie recibió su nombre tanto de la provincia como del río contaminado donde históricamente habitaba.

Uno de los participantes en la investigación fue Jaime Culebras, herpetólogo y fotógrafo vinculado a la Fundación Cóndor Andino. Para él, el trabajo desarrollado por Bentley permitió posicionar a Mera como un sitio de enorme interés científico. Los resultados respaldaban esa afirmación.

Los investigadores determinaron que al menos una cuarta parte de todas las especies de serpientes conocidas en Ecuador estaban presentes únicamente en Mera.

La conclusión fue contundente. El pequeño poblado amazónico figuraba entre los lugares con mayor diversidad de serpientes del planeta. Y una parte importante de esa evidencia había permanecido durante décadas dentro de la modesta cabaña de Manuel Genaro Peñafiel.

Del reconocimiento científico a la publicación internacional

Los investigadores también enfrentaron un desafío delicado. Querían destacar la importancia de la colección sin convertir a Peñafiel en objeto de cuestionamientos.

La mayoría de los ejemplares habían sido capturados mucho antes de la existencia de los actuales permisos científicos y marcos regulatorios. Esto colocaba a la colección en una situación legal compleja.

Mario Yánez-Muñoz, ecólogo conservacionista del Instituto Nacional de Biodiversidad, consideró que la mejor alternativa era actuar con total transparencia. La solución consistía en publicar abiertamente la investigación y reconocer formalmente el aporte realizado por Peñafiel.

El estudio apareció finalmente en octubre de 2025 en la revista científica especializada Check List. La fecha tenía un simbolismo especial. La publicación ocurrió exactamente diez años después del primer encuentro entre Bentley y Peñafiel.

Los nombres de ambos aparecieron como autores del trabajo.

“Ya no las matamos”

Mientras la investigación avanzaba, también comenzó a transformarse la relación entre los habitantes de Mera y las serpientes. Cada vez que alguien encontraba una, en lugar de matarla llamaba a Bentley.

Él acudía acompañado por voluntarios y estudiantes. Capturaban cuidadosamente al animal y posteriormente lo liberaban en sectores profundos de la selva, lejos de las viviendas. A veces se trataba de pequeños equis rojos, todavía considerados los reptiles más temidos de la región.

En otras ocasiones aparecían enormes boas arcoíris de hasta dos metros de longitud, cuyas escamas reflejaban destellos iridiscentes bajo la luz.

Un día ocurrió algo inesperado.

Un hombre que cortaba leña encontró una pequeña serpiente escondida entre varias tablas apiladas. Durante toda su vida había matado serpientes al encontrarlas. Esa vez actuó de forma distinta. La colocó dentro de un frasco y se la llevó a Bentley. La decisión terminó siendo histórica.

El ejemplar pertenecía a una especie completamente desconocida para la ciencia.

Los descubrimientos de nuevos vertebrados son extremadamente raros. Mientras numerosas especies nuevas de insectos y arañas continúan describiéndose cada año, encontrar una serpiente, una rana o un ave nunca antes registrada constituye un acontecimiento excepcional.

La serpiente resultó ser una diminuta boa enana perteneciente a un antiguo linaje evolutivo. Además, era endémica de una cadena montañosa cercana a Mera cuya formación geológica antecedía incluso al levantamiento de los Andes. Bentley la describió como una especie emblemática del cantón.

Poseía una coloración marrón anaranjada oscura y apenas alcanzaba los 30 centímetros de longitud. El único ejemplar conocido permanece actualmente bajo custodia del Instituto Nacional de Biodiversidad.

Un cambio cultural

La transformación también fue visible entre los pobladores.

Wilson Ebla, un productor lechero de 57 años nacido en Mera, representa uno de los ejemplos más claros. Durante gran parte de su vida creyó que matar serpientes era una necesidad para proteger a los animales de su finca. Incluso había perdido un caballo tras una mordedura.

Con el tiempo comenzó a cambiar de opinión. Una tarde lluviosa de abril le dijo a Bentley:

—Desde que llegaste aquí, ya no las matamos.

Hoy su actitud es completamente distinta. Cuando encuentra una serpiente siente entusiasmo. Aquella tarde mostraba en su teléfono varios videos de reptiles mientras hablaba con evidente emoción.

—Juego con ellas y luego las dejo tranquilas —comentó.

Wilson Ebla, un lechero de Mera, con una de las serpientes que encontró en su finca.

El pionero de Mera

A comienzos de abril, mientras esperaba una nueva visita de Bentley, Manuel Genaro Peñafiel permanecía sentado en una robusta silla de bambú.

Tenía ya 101 años.

Sobre sus piernas descansaba un libro de fábulas relacionado con la felicidad. El aire estaba impregnado por el aroma fresco de la hierba limón. Desde un parlante cercano sonaban baladas latinas de ritmo pausado.

Cuando Bentley llegó, ambos compartieron una taza de café. Conversaron sobre la situación de Mera. Hablaron de política local. Comentaron ideas y proyectos que deseaban presentar a las autoridades del cantón. También discutieron la incorporación más reciente a la colección: un nuevo ejemplar de X capturado por uno de los hijos de Peñafiel.

Muy cerca reposaba una copia impresa del artículo científico que habían publicado juntos. Las hojas estaban sujetas con un clip metálico. Alguien incluso había estampado la portada del estudio sobre una taza. En una esquina de la habitación descansaba un gato atigrado de color naranja.

Entonces Peñafiel tomó la palabra.

—Quiero darles las gracias.

Mientras hablaba sostenía una placa enmarcada entregada por el gobierno provincial en reconocimiento a su trayectoria. Bentley observó el homenaje aún con los guantes que había utilizado para manipular la nueva serpiente. La inscripción era clara.

“Manuel Genaro Peñafiel Flores”.

Debajo aparecía un título significativo:

“Pionero de Mera”.

El reconocimiento destacaba su curiosidad, su profundo vínculo con la naturaleza y las décadas dedicadas a preservar serpientes. Además, le atribuía un papel fundamental en la consolidación de Mera como uno de los territorios con mayor diversidad de serpientes del mundo. Al final de la placa aparecía una frase que resumía toda una vida de trabajo.

“Su ejemplo trasciende el tiempo”.

El señor Peñafiel entrega una placa al señor Bentley.

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